Calefacción en la antigua Roma
Es pleno invierno, un viajero llega, en medio de una dura ventisca, a la casa de un noble romano; al traspasar el patio y entrar a los aposentos, de inmediato siente la calidez en el piso, deja de temblar de frío; a sus pies, existe un espacio que irradia tibieza a la vivienda.
Se trata de un sistema de calefacción subterránea llamado hipocausto (en griego) (hypocaustum, en latín), creado o perfeccionado en el siglo I a. C. por el ingeniero Cayo Sergio Orata, que se usaba en las termas o baños de vapor, así como en las casas de los ciudadanos más acaudalados.

Parecen figuras fantásticas, vivas, “caminando” a la orilla de la playa; sientes asombro, inquietud; no sabes qué estás viendo, ¿animales?, ¿seres míticos perdidos? Poco a poco te das cuenta que estás frente a un artilugio, ¿acaso Leonardo da Vinci regresó y nos muestra nuevas creaciones? No, son los Strandbeest, “bestias de playa”, armados con flexibles tubos amarillos de plástico y “alas”, que se mueven al compás de la brisa marina.
A mediados del siglo pasado (en 1880, más o menos), Mérida, Yucatán, era conocida como “La ciudad de las veletas”, pues la mayor parte de la población utilizaba veletas para extraer agua de los pozos para sus múltiples usos cotidianos.













