La serpiente de dos cabezas
Axel Omar López Pérez
Mi madre me ha contado cómo era la vida en su comunidad cuando ella era niña: la rutina que debía seguir junto a sus hermanas para hacer todos sus deberes antes de ir a la escuela; la inequidad entre hombres y mujeres, que era mucho más notoria entre los infantes por la diferencia de tratos y labores que se les asignaba; el trabajo infantil que era de los más normal, y otras situaciones a las que se enfrentaban los niños y las mujeres de aquellos tiempos, pero lo que más me llamó la atención de sus relato fue que, a pesar de las ideas machistas y costumbres arcaicas de la época, la gente tenía un mayor respeto por la naturaleza que hoy en día.
La conexión entre hombre y naturaleza era mucho más profunda; toda la comunidad cuidaba de los ríos, los árboles y los animales, porque sabían que, si protegían el ambiente, el ambiente los protegería a ellos, dándoles buenas cosechas y acceso a sus recursos para el beneficio de la gente, siempre y cuando no se abusara del ecosistema.
Ella me ha contado sobre lo bonito que era estar rodeado de flora y fauna, la tranquilidad de estar en el arroyo y oír a los pájaros cantar, y ver el verde vibrante del pasto que inundaba todo el lugar. A pesar de ser una zona rural, la gente era feliz rodeada de vegetación y sabía que no debía perjudicar la naturaleza, porque era esta quien les permitía subsistir.
Los arroyos abastecían de agua a toda la comunidad permitiéndoles hacer sus actividades diarias, como cocinar y limpiar la casa en el caso de las mujeres, o cultivar y cuidar del ganado en el caso de los hombres; había una relación sinérgica con la naturaleza, pues si se respetaba y cuidaba lo que la naturaleza tenía para ofrecer, esta lo seguiría proporcionando.
Las mujeres eran quienes se encargaban del cuidado del hogar y de las labores domésticas, es decir, limpiaban la casa, preparaban la comida, recolectaban el agua y muchas otras cosas. Las mujeres se levantaban a las cuatro de la mañana para ir al molino y moler el maíz para hacer las tortillas, y luego al arroyo para sacar agua.
En el lugar donde vivía mi madre no había servicio de agua potable, entonces para poder abastecerse de este líquido tenían que ir a recolectarla en un arroyo. Ella acompañaba a mi abuela con una pequeña cubeta al acarreo de agua. El agua de allí no estaba contaminada, era apta para el consumo humano sin tratamiento previo, pues no se perturbaba el flujo natural de las cosas, lo que permitía que el agua se mantuviera limpia y clara sin necesidad de filtros.
Una vez que se terminaban de llenar las cubetas, para poder llevarlas a casa sin que se cayeran, las mujeres debían ponerse un yagual, que era un pedazo de trapo que se amarraba en forma de halo y se ponía en la cabeza para no perder el equilibrio y que no se cayera el agua.
Además del arroyo estaba un manantial que era conocido como “El Chorro”, que estaba a unas 15 cuadras y por la notable lejanía los niños tenían que ir a burro para que no fuera tan pesado el viaje. Era bastante común que para ir por agua se fueran con la ayuda de un burro de carga para que llevara las cubetas y como mi bisabuelo tenía uno, se lo prestaba a mi mamá para que fuera por agua; allá se acudía con barriles de madera y cántaros de barro que los burritos cargaban y que los adultos ayudaban a bajar, los llenaban y luego los subían ya llenos para que el animalito llevara el agua hasta la casa.
Mi bisabuelo usualmente se llevaba el burro a la milpa y cada vez que lo hacía se tenía que ir a las norias (como allá se conocían a los pozos), que estaban a unas cinco cuadras de la casa, para poder recolectar el agua; algunos de estos pozos se secaban por tanto uso, pero otros perduraban durante varios años.
Ilustración de Axel López.
Allí se llevaban cubetas desde las siete de la mañana y las niñas salían apresuradas a su casa para desayunar e inmediatamente comenzaban a alistarse para poder ir puntuales a la escuela y llegar antes de las ocho de la mañana.
El bisabuelo le contaba a mi madre que antes el arroyo era un río bastante profundo y caudaloso, donde había varios animales majestuosos, como los perritos de agua o nutrias, y que también estaba lleno de mojarras, juilines ―mejor conocidos como bagres―, ranas, e inclusive tortugas y cangrejos, y muchos más.
También contaba un relato fascinante: decía que en aquel río habitaba una serpiente colosal de dos cabezas que era guardiana del cuerpo de agua, su
Ilustración de Axel López.
protectora, y era quien se encargaba de mantener constante el flujo del río, pero para poder mantener limpio y afluente el río tenía que alimentarse y cuando nadie la veía salía para comerse los becerros.
Cuando los dueños de las cabezas de ganado se enteraron de que esta serpiente era quien se las comía, se pusieron de acuerdo para ir a matarla. Un día varios hombres fueron con machetes a buscarla y cuando pudieron atraparla la asesinaron. Los ganaderos dejaron de perder a sus becerros por culpa de la serpiente y celebraron aquel triunfo, pero lentamente ese río se fue secando, porque ya no había quien le diera vitalidad; cuando mataron a la serpiente, el río también se fue muriendo.
Ese río se fue secando hasta que solo quedó un arroyo y lo más probable es que ahora ya ni siquiera exista.
El agua sostiene toda nuestra vida, dependemos de ella directa o indirectamente para mantenernos vivos. Los cultivos, el ganado, las centrales eléctricas, la comida, nuestro cuerpo, los peces, las plantas; todo en el mundo depende del agua, no solo nosotros, y si seguimos sin hacer cambios en nuestro estilo de vida, se perderá por completo el equilibrio y el ambiente será destruido; será irremediable todo el caos que le generamos a la naturaleza.
Actualmente vivimos en la ciudad y, aunque contamos con servicio de agua potable, continúa siendo escasa, por lo cual debemos captar el agua de lluvia y reciclarla para aprovecharla al máximo. No la desperdiciamos, porque conocemos su importancia en la vida de las personas y entendemos que hay muchos lugares que viven una enorme crisis por no tener el recurso hídrico.
Tomamos acciones para consumir menos agua y hacer más cosas con ella, darle muchos más usos a la ya utilizada; si todo el mundo hiciera lo mismo, sería un avance gigantesco para solucionar este problema. Es importante que tomemos conciencia del asunto, y luchemos por un mundo mejor para nosotros y las próximas generaciones.